Cuento Corto – Guerra

Guerra

Autor: Israel Rodríguez

Aun hay piezas difusas en mis recuerdos, los saltos cuánticos entre cuerpos a través del tiempo y del espacio tienden a ser así, y yo no termino de acostumbrarme aún después de todos estos años; solo es cuestión de tomarme un tiempo, organizar mis pensamientos y comenzar a entender quién soy, qué hago aquí, y a partir de ahí, comenzar a entender qué necesito hacer aquí.

Antes de comenzar mis cavilaciones e interrumpir mi soliloquio mental, una explosión relativamente cercana rompe mi concentración, y me percato que estoy en lo que parece una plancha de concreto rota que pertenecía al techo de un edificio que ahora yace en ruinas, veo que mi ropa es de civil, así que puedo asumir que estoy a la mitad del conflicto y en cierto grado indefenso.

Dado que mi presencia en ese punto no puede ser más inútil, decido que lo mejor es simplemente buscar una forma de alejarme del sitio, antes que yo pueda salir herido, o en el peor de los casos, provoque que alguien salga herido por algún movimiento imprudente de parte mía.

Bajo con cuidado los escombros y veo que estoy relativamente cerca del suelo, mientras algunas explosiones más suenan a mis espaldas y con relativa lejanía, un grupo de soldados me ayudan a bajar el último tramo de escombros y me preguntan si me encuentro herido, pero yo les insisto que me encuentro bien y les agradezco su ayuda.

Aunque ellos insisten en que me revise un médico, sé que lo más adecuado es escabullirme del tumulto y buscar una forma de tener una mejor vista de la situación, para poder tomar mejores decisiones, veo que a pocas cuadras alejadas de la zona cero hay un edificio que parece ser un hotel y tiene suficiente altura para poder ver mejor qué pasa con los binoculares que acabo de robar de uno de los puestos de socorro con los militares.

Avanzo con premura y al entrar al hotel veo que esta evacuado, mas no vigilado, lo cual me permite adentrarme en las instalaciones, veo que no cortaron la energía auxiliar, lo que me permite usar el elevador de servicio, que no está protegido, y así poder subir hasta la azotea de ese edificio, lo cual hago tan rápido como me es posible.

Al llegar arriba tomo los binoculares y veo que ya no hay movimiento en el frente de batalla, los soldados combatiendo lucen confundidos, dado que no tienen blancos a los cuales disparar, pero al mismo tiempo saben que no han vencido a nadie, dado que no hay cuerpos tirados en el suelo, mantienen una postura de alerta y se reagrupan para alguna clase de estrategia que no puedo identificar a esa distancia.

Mientras se localizan unos a otros, ocho de ellos, al unísono, caen al suelo inconscientes, y ruedan entre piezas de escombro, otros tratan de ayudarlos lo mejor que pueden y llevarlos a un puesto de socorro, aprovechando la aparente calma del ataque y que la situación de los soldados que se habían desplomado aparentaba ser grave.

Al mismo tiempo, en un flanco distinto, un ruido hueco me llamó la atención y volteé a ver qué pasaba, al enfocar un edificio más bajo que se encontraba alejado del que yacía derrumbado, vi que un objeto con forma de esfera metálica y oscura caía verticalmente con gran certeza a un contenedor de los que se suelen llamar como ‘tambo’ que aparentaba estar hecho del mismo material metálico.

Después de unos momentos, un grupo de curiosos se asomó al recipiente, primero fueron dos, y después se acercaron varios más hasta contar unos seis aproximadamente, estuvieron observando el objeto por distintos ángulos, mas nunca lo tocaron, y lo hubieran hecho sino fuera por una rasgadura en el espacio que apareció justo sobre de ellos del que cayó un aparato cilíndrico con una muesca en la parte inferior, el cual justo antes de tocar el techo, activó un pistón que magnificó la fuerza de caída y rompió el techo haciendo colapsar el edificio completo.

El estruendo llamó la atención de los militares que no se encontraban lejos y el grupo de los que aún podían actuar se movilizó a la zona del derrumbe, algunos hacían lo posible por sacar a algunas personas que se habían quedado ahí, ya que parecía que había sido desalojado justo como el hotel sobre el que me encontraba observando.

Localizaron a las personas que se encontraban en el techo, eran aún más de las que se habían acercado al objeto, y poco a poco fueron auxiliándolas para llegar a un puesto de socorro, la mayoría tenía heridas leves, y ninguna se veía con impedimentos para salir de ese lugar por su propio pie.

Mientras avanzaba el grupo, el cual los militares trataban de mantener compacto para mayor control, se escuchó un débil grito de horror cuando algunos de ellos simplemente dejaron de caminar y cayeron inconscientes en el suelo, seis de ellos para ser exacto, los militares tuvieron que regresar por ellos y llevárselos en brazos dado que no podían moverse.

Uno de ellos recapacitó y confirmó que carecían de pulso, por lo que los dejaron en el suelo dado que no había nada que pudieran hacer por ellos.

Comencé a tener una sensación incómoda pero conocida, era mi habilidad aún no controlada, para hacer saltos en el espacio y tiempo, mi boleto de salida de esa zona de guerra y mi pasaje a casa.

Al regresar me encontré a mi mismo en mi cuerpo, el original, el de siempre, no uno presado sino mi verdadera, única y real identidad, rodeado de mi familia. Fue una sensación que no había experimentado desde que empecé a viajar meses atrás, pero cuando ellos me vieron abrir los ojos y articular primitivos balbuceos, sabían que estaba de vuelta y que esa pesadilla había terminado.

Me explicaron los doctores y mi familia que había sufrido un coma y había estado inconsciente por siete meses continuos, en el que monitoreaban mi actividad cerebral constantemente, la cual era, en su experiencia médica, inusualmente dinámica, pero nada que no fuera saludable.

Por la debilidad de mi cuerpo estuve en rehabilitación por algunas semanas, para poder volver a caminar, después que mis músculos se perdieran volumen por la inactividad.

Procuraba pasar tiempo con mi familia haciendo las cosas más inverosímiles y que dentro de mí consideraba como placeres simplistas de la vida, las cosas que nunca nadie realmente aprecia.

Hoy me convencieron para ir vendado a un lugar que me aseguraron que sería muy agradable, me llevaron en la silla, porque era más fácil que caminar tropezando con cada obstáculo, era ya entrada la tarde y sentí que entramos a un lugar cerrado, después a algo como un elevador para al final salir de nuevo a un lugar en exteriores, lo sabía por la brisa que sentía en mis mejillas.

Al llegar al lugar me quitaron la venda y me puse de pié, habíamos ido a un lugar en el centro, una torre de estacionamientos hasta el último piso, de donde se podía apreciar un anochecer lleno de bellos colores.

Caminé por el lugar viendo los distintos matices del cielo y me alejé un poco del lugar donde mis familiares estaban sentados, al llegar a una pared que estructuralmente no tenía sentido en ese lugar sentí algo extraño, y vi cómo se abría algo en esa pared, como si una rasgadura de tela se abriera entre los ladrillos, y escupiera un tambo de un metal de características que me resultaban conocidas.

Mi primer reacción fue moverla unos metros de lugar, corrí hacia donde estaba mi familia y nos fuimos de ese lugar, tan pronto como fuera posible y sin voltear atrás.

Eones – II

Eones – Capítulo I

Capítulo II
Autor: Israel Rodríguez

A pesar de estar sumido en la más profunda oscuridad, el cruzar el umbral me ciega con una luz imposiblemente brillante, al mismo tiempo que tengo la sensación que mi cuerpo se hace cada vez más pesado y lentamente me tumba al suelo, sin que mis fuerzas puedan luchar contra esa sensación.

Una vez que estoy tirado en el suelo por una pesadez indescriptible, o al menos por una debilidad e imposibilidad de moverme que nunca había sentido, siento como si una compuerta se abriera debajo de mí y comenzara a caer y sentir ingravidez en mi cuerpo, no es algo que yo hubiera experimentado antes, pero se sentía como volar, flotando o cayendo en la obscuridad absoluta e infinita, no había posibilidad de ver nada, aún con la luz de mis aparatos electrónicos la oscuridad se extendía por mucho y no había rayo de luz que pudiera darme una pauta si yo volaba o caía.

Mi confusión aumentó cuando me percaté que tampoco estaba respirando, acerqué mi mano a la nariz y traté de inhalar y exhalar con fuerza, pero no había ninguna sensación en mis manos, como si hubiera dejado de circular aire por mis pulmones, y al mismo tiempo, como si no necesitara de respirar, dado que aún conservaba algo de conciencia.

Después de algunos minutos que me parecieron eternos sentí un cambio, como mi visión estaba inhabilitada por tanta oscuridad, y no había aroma o sonido que estimulara mis otros sentidos, el tacto y las sensaciones en mi cuerpo se magnificaron un poco, lo suficiente para sentir que esa ingravidez cedía y comenzaba a aterrizar con gentileza en suelo firme.

Después de aterrizar con sutileza, me puse de pie y noté que en un santiamén aquel lugar confuso se iluminó por completo. Estaba parado en un piso brillante en un patrón de cuadros perfectos blancos y negros intercalados como un tablero de ajedrez que se extendía por todos lados hasta donde mi vista lograba enfocar, solo un gran e infinito piso con el mismo diseño se podía ver hacia todas direcciones.

Con miedo atreví a dar un paso hacia el frente y un sonido apareció, al parecer, al pisar el cuadro blanco donde había puesto mi pié, fue extraño oír algo de nuevo después de todo ese tiempo con silencio absoluto, y después del sonido una luz iluminó el contorno de aquel cuadro; mi reacción instantánea fue retirar el pie de ese lugar, no sabía si había activado algo que me fuera a hacer daño, o qué, pero no me quedaban muchas alternativas más que averiguarlo de primera mano.

Algunos cuadros negros a los lados de mi comenzaron a emitir sonidos como de maquinaria vieja, muchos rechinidos y choques de metal y engranajes y poco a poco se levantaron seis pilares de distintos materiales, tres a cada lado, pilares vacios que cada uno guardaba formas caprichosas y algunos formas muy orgánicas.

Uno de los pilares estaba hecho de hielo y tenía la forma clásica de los libros que había visto acerca de arquitectura griega, otro de los pilares estaba hecho de lava, o algo que tenía mucha similitud con el magma, dado que continuaba fluyendo en tu forma perfectamente cilíndrica, el tercero estaba notoriamente hecho de madera, algún tronco de árbol viejo y podrido que tenía la forma del crecimiento normal de un árbol, con ojos en la madera y creo que algo que parecería un hongo simbiótico.

El cuarto pilar constaba de varios círculos en perfecto equilibrio uno sobre el siguiente hechos de un material brillante, tal vez obsidiana, no podía decirlo con certeza, pero fue la idea que me dio al ver la brillante belleza de sus reflejos en el inmaculado terminado pulido de cada una de las esferas, el siguiente pilar estaba hecho de espirales metálicas que se movían a un ritmo constante, como las piezas internas de un reloj, excepto que estas piezas no se tocaban entre sí, pero al mismo tiempo mantenían un orden de movimiento constante que podrían hipnotizar con su cadencia.

El sexto pilar me fue imposible verlo, dado que una luz muy intensa lo cubría por todos los ángulos y no pude distinguirlo. No mucho tiempo después que el sexto pilar, el de luz, emergiera por completo, o al menos, dejara de salir del suelo de donde provino, frente a mí, varios cuadros, una figura cuadrada de tres por tres cuadrados, desapareció del suelo y éste mismo comenzó a temblar, primero de una forma sutil y después de una forma violenta, sacudiendo todo el lugar, aunque sin tirar ninguna de las seis columnas que estaban alrededor mío, no así a mí, que el movimiento me sacudió con tal fuerza que caí al suelo cerca de donde el pilar hecho de madera yacía.

Al mismo tiempo que la tierra se sacudía, del hueco que se había formado, comenzó a emerger algo, al principio no pude identificar qué era, pero después de unos agobiantes minutos de que lentamente ese objeto saliera del suelo y continuara sacudiendo el lugar cada vez con más intensidad, pude identificar una forma que pareciera ser una estatua con una silueta humana, o un sarcófago, solo que menos profundo; si pudiera definirlo como mis ojos lo percibían, diría que tenía forma similar a la de una galleta de hombrecito de jengibre gigante.

Tras haber emergido por completo y haber cesado el movimiento de la tierra, la calma y el silencio volvió a apropiarse de ese extraño lugar.

Me acerqué a la figura que recién había terminado de salir y traté de tocarla con mi mano, pero ésta era como si fuera un holograma que me permitía atravesarla con los dedos, aunque dentro encontré algo sólido que me hizo retirar la mano de inmediato.

Di un par de pasos atrás y esa figura aparentemente tenía una puerta, y comenzó lentamente a abrirse, seguí dando unos pasos atrás hasta que terminara de abrirse por completo, y cuando lo hizo, todas las luces del lugar se apagaron de nuevo, y solo los pilares tenían una luz que emanaba de si mismo iluminando sutilmente el lugar.

El contorno de la figura semihumana que acababa de abrir su puerta se iluminó, y comencé a sentir una fuerza que me succionaba hacia ese lugar, con mucha fuerza, lo primero que hice fue tirarme al suelo, pero el piso estaba demasiado liso para agarrarse, y la fuerza de succión era muy fuerte como para llegar a asirse de alguno de los pilares, los cuales parecían ser inmunes a la fuerza que me arrastraba sin piedad.

Al final, la fuerza que incrementaba minuto a minuto terminó haciéndome ceder y pasé por el umbral de la misma, y fui lanzado con fuerza a través de él.

Terminé en el edificio de construcción, justo fuera de la puerta de entrada, aún era de noche, y según mi teléfono celular, no habían pasado más de dos minutos.

Recogí mis cosas y corrí a mi auto, no me tomé la calma de cerrar el edificio ni de revisar lo que había buscado en primer lugar, lo único que deseaba era salir de ahí. Tan pronto me metí en el asiento del conductor y me senté, algo me incomodó en el bolsillo trasero de mi pantalón. Metí la mano para quitarlo de ahí, era una pequeña figura humana parecida a la del portal que me succionó en aquella habitación extraña.

Abrí la ventanilla y lo lancé por ella, ya había tenido demasiados problemas con esas estupideces como para querer seguir teniendo algo que ver con ellas, arranqué el auto y me dirigí a descansar; habían sido demasiadas experiencias para mi, y verdaderamente necesitaba estar en un lugar seguro para entender qué había sucedido, o mejor aún, para olvidar que había sucedido eso.

Eones – I

Capítulo I
Autor: Israel Rodríguez

Antes de los tiempos de nuestros ancestros, antes que los hombres poblaran la superficie de este planeta y antes que existieran los registros de los sucesos del pasado, en una parte alejada del cosmos, siete grandes objetos que flotaban de distintos puntos del universo convergieron y se estrellaron en siete distintos lugares de este mismo planeta; convirtieron, por acción de fuerza, gravedad y contaminación, a un planeta estéril en el planeta habitable que existe ahora.

Los impactos estabilizaron los movimientos de rotación y traslación, así como ajustaron la órbita perfecta, precisa, exacta que necesitaban las bacterias y otros microorganismos con lo que los objetos recién llegados estaban contaminados, para que pudieran multiplicarse, evolucionar y poblar a razón de millones de años a la civilización que ahora conocemos como nuestra y que nunca nos ponemos a razonar de su proveniencia.

Yo también vivía en la comodidad de la ignorancia, sin pensar demasiado en cosas que yo sentía que no me concernían, cosas que son muy complejas y profundas como para que una persona común y corriente las entienda, o en todo caso, para que un simple humano pueda tener acceso a información de ese calibre.

Desafortunado fue aquel día que encontré aquel artefacto.

Yo trabajaba en una compañía de demolición, nuestro trabajo es simple, nos entregan un edificio vacío para estudiarlo, definir las cargas explosivas que tenemos que usar para destruirlo y crear el mínimo impacto a los alrededores, después llega la compañía de limpieza que retira el escombro y tras dejar libre el área, la constructora llega y crea el nuevo inmueble, es una tarea simple al momento de explicarlo con palabras, pero soy un apasionado de mi trabajo y lo disfruto por completo.

Tiendo a ser muy metódico, contrario a algunos de mis compañeros, lo usual es que uno diseñe un plan de demolición y delegue la responsabilidad de la instalación al supervisor, el cual instala las cargas y da el banderazo para presionar el botón y comenzar el espectáculo, pero esas prácticas cobraron una vez víctimas.

En un edificio en las afueras de una de las metrópoli más importantes de este país, donde la diferencia socio-económica es muy marcada, se siguió el protocolo usual, y una pequeña familia de indigentes logró refugiarse sin ser localizados en un pequeño bunker de emergencia instalado en el edificio en tiempos de la guerra hace varias décadas, cuando todo era paranoia.

El supervisor, solo instaló las cargas y no hizo una revisión “por si acaso” y esas cuatro personas fueron sepultadas vivas en un bunker frágil que colapsó con el peso del edificio y murieron de una trágica y tortuosa forma. Fueron encontrados por el equipo de limpieza semanas después, no existía premura porque no sabía nadie que ellos habían quedado atrapados.

Fue un escándalo mediático que hizo a la empresa perder muchos clientes, y del cual la empresa no ha podido recuperarse del todo, a partir de eso, me he vuelto mucho mas quisquilloso y desconfiado, y por lo tanto, cuando el supervisor me hace llegar el reporte de instalación, me tomo un par de horas para confirmar las cargas y discretamente comprobar que no exista ni una sola persona aún en el edificio, desconfiando, por seguridad, al equipo de protección que nos es asignado para el trabajo.

Ya se hacía tarde, dado que eran días de invierno, el frio comenzaba a sentirse un poco más fuerte y la luz del sol nos abandonaba más temprano, como era de esperarse, pero mi paz interior bien valía la espera y todas las quejas de mis colaboradores por hacer una inspección personal del sitio antes de detonar el edificio.

Revisé los pisos superiores del edificio y efectivamente encontré que todas las cargas de explosivos estaban impecablemente instaladas, conforme barría cada piso merodeaba las habitaciones y cerraba los pisos superiores para minimizar o evitar en medida de lo posible que un suceso fatídico volviera a suceder.

Estaba ya en el segundo nivel cuando escuché unos pasos, de inmediato asumí que era alguno de los muchachos del equipo de trabajo tratando de apurarme porque ya querían retirarse a descansar, últimamente, con mi nueva manía de revisar todo con sumo cuidado, les ha dado por intentar apresurarme, algunos tienden a ser más insistentes, y otros ya se dieron por vencidos, así que eso fue lo primero que cruzó mi mente como posibilidad, pero tras preguntar de quién se trataba un par de ocasiones decidí no darle importancia.

Al estar revisando las últimas instalaciones de la planta baja, volví a escuchar los pasos que oí en el piso superior, y, siguiendo yo en la creencia que era alguno de mis compañeros, les hice saber que ya había terminado y que fueran preparando todo para la explosión, aunque del mismo modo que la vez anterior, nadie me contestó, terminé con mi formato de revisión y procedí a la salida para encontrarme con el equipo.

La noche ya había entrado de lleno, y en el camper que se usa para descanso ya no había nadie más que el integrante más joven de mi equipo, me explicó que se habían cansado de esperar y se habían ido a descansar, mi reacción inmediata fue de molestia, lancé toda la colección de maldiciones y palabrotas que conocía por mi indignación, pero después recapacité en un detalle que había escapado de mi mente; estaba demasiado oscuro.

Revisé el reloj en mi celular y en él efectivamente solo había pasado una hora y media desde que empecé a hacer la revisión, pero le pregunté la hora al joven ayudante y me confirmó que pasaba ya de las diez de la noche, que son tres horas más de lo que marca mi reloj; el shock fue grande y no atiné a nada más que sugerirle que se fuera a descansar y que mañana continuaríamos con las labores de demolición, el sin entender mi reacción, solo asintió, tomó sus cosas, las cuales había tenido más que suficiente tiempo para preparar, y se retiró sin decir nada.

Todo el equipo se hartó de esperarme arriba de cuatro horas, mientras que para mí no pasaron más de dos horas, un escalofrió recorrió mi espalda al recordar los sonidos de pisadas que escuchaba casi al terminar, hora en la que ya no había nadie, y salvo que este muchachito hubiera tenido la iniciativa de irme a buscar, lo cual dudo mucho, no había nadie en el sitio como para que hiciera ese ruido de pisadas.

Con una sensación de cincuenta por ciento curiosidad y cincuenta por ciento miedo, me armé de valor y prendí de nuevo el interruptor principal para identificar qué había sucedido ahí.

Entré al edificio e hice un recorrido similar al que había hecho previamente, subí las escaleras e hice lo mismo dado que en esos dos lugares fue donde había escuchado los ruidos, pero ahí no había nada que reportar, mi alma descansó, porque el miedo comenzaba a apoderarse de mi conforme avanzaba en ese lugar, pero al subir y constatar que yo era lo único en ese lugar que podría hacer ruido me tranquilicé un poco.

Al bajar las escaleras y dirigirme a la salida mi tranquilidad se esfumó tan pronto como había llegado, un vientecillo helado se comenzó a sentir y una pequeña risa lejana se comenzó a escuchar, de inmediato me puso los nervios de punta y lo único que atiné fue a intentar escapar a la mayor brevedad posible, solo que no contaba con que las luces se apagarían justo en ese momento, al mismo tiempo que la risa lejana se convirtió en una carcajada, lo cual me hizo tropezar y caer estrepitosamente para golpearme en la cabeza y perder el conocimiento.

Cuando recuperé la conciencia estaba más que nada asustado, me encontraba en algún lugar completamente sellado que no permitía la entrada ni a la más mínima luz, por lo que ni aún abriendo los ojos tan grande como me era posible podía ver nada.

Recordé que tenía mi teléfono celular en el bolsillo y lo tomé, tenía buena carga de batería y según el reloj no había pasado ese día, aunque estaba cerca de las doce de la noche ya, aunque no era nada seguro porque se había atrasado previamente en el día.

Comencé a avanzar temeroso de tropezarme con algo, realmente no podía ver nada, era igual tratar de ver algo con los ojos completamente abiertos que tratar de ir a tientas con ojos cerrados, la absoluta ausencia de luz hacía que no se sintiera diferencia alguna, pero el celular emitía una luz tenue, suficiente para ver que no habían obstrucciones en el suelo que pudieran hacerme caer, pero también era lo suficientemente débil para poder ver más allá de unos cuantos pasos.

Avancé tan derecho como yo creía por varios minutos y no encontré ningún muro, objeto o algo que me forzara a cambiar mi trayectoria, y levantar el aparato que cargaba en mi mano para iluminar al frente resultaba tan infructuoso como frustrante, así que me limitaba solo a iluminar el suelo y continuar caminando, revisé la hora, aún no eran las doce de la noche.

Pasó mucho tiempo, no sé realmente cuanto, porque el teléfono seguía marcando la misma hora, y yo continuaba caminando sin rumbo, pero al mismo tiempo, sin obstrucción, por lo que decidí darme la media vuelta e intentar ir al otro rumbo, lo que me encontré me heló la sangre, antes de si quiera iluminar el suelo, lo primero que tenía frente a mi nariz era una gran puerta de madera vieja, sólida y polvosa, lo sé porque me estampé el rostro con ella y mi primer reacción fue limpiar el polvo de ella que había entrado a mi nariz.

Revisándola con la pobre luz del aparato celular vi un trabajo de tallado impresionante, en la base contaba con tallados que aparentaban algo como césped o fuego, o tal vez una combinación de ambos, al centro un gran árbol con gran detalle y raíces que se extendían hacia el marco de la misma puerta, y en la parte superior, coronando majestuosamente el ya de por si opulento trabajo, un cielo estrellado en el que todas las estrellas tienen un relieve, especialmente siete de ellas, las más grandes.

Mi primer reacción es de temor, es algo que no hubiera esperado, pero armándome de valor me dispongo a empujar la puerta para abrirla, o al menos para confirmar que está cerrada y ver la forma de tocar, pero tan pronto y acerco mis dedos, con la sutileza que una pluma flota en la brisa, la puerta se abre sin emitir ni el más pequeño rechinido, acto seguido, cruzo el umbral con más miedo en mi corazón que el que he sentido en toda mi vida.

Cuento Corto – De cantera tenía la piel

De cantera tenía la piel

Autor: Israel Rodríguez

No siempre tomo este camino para venir al trabajo, es decir, es más largo y si lo tomo, es porque salí con demasiado tiempo de sobra de casa, y eso, sinceramente no sucede a menudo, de hecho, no recuerdo con claridad la última vez que había tomado este camino hacia la oficina; siento que debería hacerlo más seguido, esta ruta tiene muchos jardines y parques que alegran la mirada, tiene menos automóviles transitándola y para uno que viene a pié, es mucho más fácil cruzar las avenidas.

También este camino tiene una fuente majestuosa, cubre por completo una glorieta, y si mal no recuerdo, nunca la había visto funcionando, siempre estaba apagada cuando había cruzado, y hoy prendida se ve a su máximo esplendor, tiene un chorro de agua central que debe subir, por lo menos unos cuatro metros, que desde luego, comparando con el diámetro de la fuente en sí, es algo pequeño, y hay seis chorros que disparan hacia seis pequeñas figuras de cantera que enmarcan el chorro principal.

Las esculturas de cantera son pícaras y juguetonas, son mujeres labradas en la roca, desde aquí se ven desnudas, pero tal vez mi mente perversa me hace creer que así lo están, tal vez solo estén ligeras de ropa, pero en verdad que no sé nada de arte, solo veo que resultan esculturas de desnudos cuando alguien se pone a tallar una piedra, cualquiera que ésta sea.

Existe también una acera dentro de la glorieta que se puede caminar, y como el tráfico no es nada denso, es fácil cruzar y caminarla alrededor, para sentir una agradable, y copiosa brisa en la piel, de hecho, tengo tiempo de sobra, quiero caminar en esa acera, quiero ver esas esculturas y quitarme la duda de si están o no desnudas, y en realidad, solo quiero romper la monotonía y hacer algo distinto de camino.

Lo primero que hago es percatarme que están vestidas, pienso en decir algún comentario gracioso, pero me abstengo, dado que me encuentro solo, ¿qué gracia puede tener decir algo simpático si no hay nadie para oírlo?, me dispongo a contar a las seis figuras, empiezo a contarlas por donde entro a la banqueta,  todas aparentan tener una túnica, y están sosteniendo algo. La primera sostiene una harpa, la segunda un racimo de uvas, la tercera una máscara, la siguiente tiene un flautín entre sus manos, la quinta tiene una esfera de cristal reposando en sus piernas, la que le sigue tiene una pluma entre sus dedos, y para mi sorpresa la siguiente esta desnuda, y está sosteniendo una harpa.

Tardo minutos en reaccionar, y cuando me percato escucho una risilla pícara mientras me tallo los ojos, pero tan pronto como me descubro los ojos se detiene y solo escucho el ruido del agua chocando en la piedra, aunque para mi sorpresa, veo que la figura que sostenía las uvas, también esta desnuda, y la que tenía la pluma también; me hacen dudar, podría jurar haberlas visto con una toga tallada en sus cuerpos, y ahora están desnudas  y con sus atributos siendo acariciados por el agua que corre por sus pétreos cuerpos.

Para ese momento ya he perdido demasiado tiempo y me voy corriendo hacia mi trabajo, cumplo con mi horario por completo y resisto la tentación de comentar lo vivido en mi mañana, tal vez podrían creer que estoy loco, yo mismo lo podría creer con suma facilidad, pero como nunca me había sucedido nada especial, al mismo tiempo me siento flotando en una nube de misticismo, ese es mi pequeño secreto, algo que puedo llamar mío, que solo me sucedió a mí y a nadie más y algo que me hace diferente del resto.

Al salir, un compañero se ofrece a darme un aventón a casa, y aunque primero le digo que no, cuando me pregunta si tengo algo que hacer, por instinto le digo que nada, y me pide insistentemente que lo acompañe a una compra que debe hacer y que de ahí me lleva a casa, como no quería dar mayores explicaciones, no me quedó más remedio que aceptar, desde luego que yo deseaba ver mi fuente, pero vaya, es una fuente y no va a ir a ningún lado, o sí?

La mañana siguiente me preparo para salir con demasiado tiempo de sobra, deseaba más que nada ir a ver la fuente, esa fuente que siempre estuvo ahí y que justo ayer había descubierto, la fuente por la que pasé al lado en varias ocasiones, y que nunca me di la oportunidad de ver con detenimiento, ahora si llevaba tiempo de sobra y mucho ánimo de observarla con todo el detalle que el tiempo me permitiera.

Al llegar al cruce de avenidas en cuestión mi corazón se detuvo por un instante, habían una serie de camionetas del ayuntamiento, trabajadores de obras públicas y cercos de seguridad que impedían el paso a mi glorieta, a mi fuente. Estaban retirando la fuente en pro de una vialidad más fluida me dijo un encargado al que le pregunté por lo que hacían. El no me pudo engañar, esa calle está prácticamente desierta, alguien descubrió la magia de esa fuente antes que yo, y decidió quedársela para sí, y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.

Cuento Corto – De camino por la mañana

De camino por la mañana

Autor: Israel Rodríguez

Hoy inició el día como cualquier otro día había iniciado, había llovido toda la noche, y aún seguía nublado, lo cual era fantástico para mí, porque me recuerda a esas mañanas en la playa que tanto disfruto, inclusive, logré percibir un aroma de humedad en las calles que reforzó el sentimiento; desde luego, la vista urbana, el tráfico y la prisa de todo el mundo de llegar pronto a sus destinos pronto rompió el encanto, pero es justo por eso que digo que el día es como cualquier otro.

Tomé mis cosas y salí de casa, dispuesto a enfrentarme valerosamente al día que tenía por delante, aunque de valeroso no tiene nada ese acto, realmente es dos tantos de rutina y otros tantos de la necesidad de pagar las cuentas, si no fuera por eso sería feliz no teniendo que trabajar de esa forma, como autómata desprogramado, sin albedrio y obedeciendo los mandatos de un primate infundado con poder y un coeficiente severamente limitado el cual fue etiquetado con el título de ‘jefe’, no es que lo deteste… simplemente no entiendo cómo funcionan sus procesos mentales.

Tan solo el día anterior se atrevió a lanzarme la consigna de hacer dos tareas, ambas con el máximo nivel de prioridad, algo que el cómicamente quiere llamar, la ‘urgencia para ayer’, que de cómico no tiene nada, así que tan pronto me disponía a trabajar en uno de los dos pendientes, el recordaba que necesitaba más el otro, y lo mismo sucedía cuando cambiaba de labores, fue en extremo frustrante y desmotivador, lo admito.

Al momento de arrancar el auto y comenzar con mis rituales: ajustar los espejos, probar las intermitentes y direccionales, colocarme el cinturón de seguridad, y poner alguna lista de reproducción de música las varias que tengo en mi teléfono; me doy cuenta que para mi buena fortuna, comienza a lloviznar, no porque no fuera adivinar que fuera a suceder, después de todo seguía nublado después del aguacero de la noche anterior, pero al menos tenía la esperanza que esperara a llegar a algún lugar seguro, dado que me pone algo ansioso conducir mientras hay lluvia.

Como no me queda de otra, comienzo a avanzar con los limpia parabrisas en una intermitencia baja, no está cayendo tanta agua como para que tengan una intensidad de limpieza mayor, al menos no por los primeros diez minutos del trayecto, cuando la lluvia arrecia y tengo que subir la frecuencia con la que los limpia parabrisas remueven el agua que me impide ver claramente el camino.

Por un momento creí que era el hastío, o inclusive algo de agobio, explicaciones ilógicas no me faltaron, pero era más que necesario tallarme los ojos, solo para asegurarme que lo que mis ojos veían eran cierto, o al menos no estaba alucinando; cada que el limpia parabrisas pasaba y removía el agua del cristal, lograba ver cosas que no podía ver a simple vista, sombras antropomórficas que se desvanecían milisegundos después de haberlas visto.

No podía dar crédito a mis ojos, pero era una visión constante, no es que me concientizara a verlas, o en todo caso a no verlas, sino que estaban ahí, y simplemente aparecían en mi vista cada que el agua se retiraba del cristal del parabrisas para luego desvanecerse y aparecer de nuevo al cabo de unos segundos por acción de la limpieza del hule que hacía su labor.

Al principio, las sombras solo eran figuras estáticas, con forma de personas tan variadas como las que se puede encontrar cualquier día promedio en las calles de la ciudad, pero al cabo de unos minutos, algunas comenzaron a moverse y a tomar aterrorizantes acciones.

En una luz roja, mientras todos estábamos detenidos, una sombra saltó al cofre de un sedán que se encontraba detenido a la derecha y al frente mío, después de saltar vi como se sumergía dentro del lugar donde la maquinaria del auto se encontraba, acto seguido, la luz roja se volvió verde y comenzamos a avanzar, excepto ese sedán, cuyo motor se había ahogado y se había apagado, sin posibilidades de poderlo arrancar de nuevo.

En mi mente me repetía una y otra vez que solo era efecto de mi cansancio, falta de sueño, o preocupaciones varias, además que no existía nada de lo que yo creía ver, y que lo que había sucedido con el sedan no era más que una desafortunada coincidencia; desde luego esos pensamientos confortantes se vinieron abajo cuando delante de mí, una vagoneta que conducía a una distancia prudente, recibió de un salto a una de las sombras que estaban en la acera próxima, la cual se quedó agazapada en un costado del vehículo, y con movimientos como de una araña se acercó a la rueda trasera del lado del piloto, para después, con algo que aparentaban garras afiladas en su mano, tocó la llanta y ésta explotó.

El conductor, con toda la pericia que tenía logró detener el vehículo sin causar mayores accidentes, y del mismo modo y casi automáticamente, me detuve y accioné mis luces intermitentes, para alertar a aquellos que estuvieran detrás de mí y no provocar alguna colisión. Desde luego la impresión de lo que había visto fue suficiente para petrificarme por algunos minutos; mientras los vehículos me rebasaban a mí y a la vagoneta para continuar su camino, yo no podía quitar mis ojos de la criatura que seguía parada en el mismo sitio, como si nada hubiera sucedido, hasta que se percató de mi mirada, y se dio cuenta que yo podía verla de algún modo, cosa que sintió como amenaza y lanzó algo como un gruñido sordo que no lograba oír, pero logré ver que esa criatura tenía dientes y muy afilados.

En el pánico que me provocó esa visión, salí de mi estado de shock y me lancé al carril de mi derecha, para huir de ahí, no sin antes recibir maldiciones del conductor con el que estuve a punto de chocar, seguí avanzando, tan rápido como el tráfico y la lluvia me lo permitían, sin dejar de poner atención a las figuras sombrías que seguían esparcidas por las aceras de los lados, las cuales, poco a poco, y algunas más frecuente me volteaban a ver, y notaban mi presencia; yo procuré avanzar aún más rápido.

La lluvia de repente disminuyó su fuerza y se transformó en una llovizna ligera, aún así yo no disminuí la velocidad del limpia parabrisas, porque era lo único que me permitía seguir viendo a las figuras que conforme avanzaba, eran más las que se percataban que yo las podía ver, y algunas hacían movimientos de zarpazo tratando de atacarme, o en todo caso hacerme daño.

Cada vez era menos lo que podía ver de esas figuras porque el agua cesaba de caer, pero mi temor y preocupación no disminuía con mi capacidad de percibirlas. Desafortunadamente, por mi distracción me colisioné con el auto frente a mí, que estaba detenido por una luz roja. Al momento de detenerme vi que los seres negros comenzaron a acercarse más y más a mí y a mi vehículo, dado que ahora no me movía era completamente una presa fácil, fue en ese momento cuando la llovizna dejó de caer por completo.

Cuento Corto – La Canasta de Estambres

La Canasta de Estambres
Autor: Israel Rodríguez

Hay cosas que nos marcan con las que uno tiene que aprender a vivir a lo largo de los años, en algunos casos son cosas simples e inofensivas como una marca de nacimiento, algunos otros tienen cosas más serias, pero aun llevaderas, como alguna alergia, marca de la genética en algunos casos, pero las más complicadas de hacerse a la idea para convivir por años y años son las marcas psicológicas que nos dejan acontecimientos tan particulares como el que voy a narrar.

Fue hace cuatro años cuando decidí salir de casa para estudiar en la universidad, me ofrecieron una habitación a un precio muy razonable y a una distancia increíblemente corta de las instalaciones del campus, solo existía una muy pequeña condición, y era esa la razón del precio tan bajo: la casa en la que me instalaría le pertenecía a una señora de edad muy avanzada, madre de la persona que me rentaría el lugar, y mi deber mientras viviera en ese lugar era auxiliarla con las compras una vez cada tercer día.

La señora era muy consciente y no deseaba convertirse en una carga para un extraño, por lo que ella siempre dejaba en la mañana del día en que debía hacer las compras, una lista muy clara y comprensible con todo lo que hacía falta, y dinero suficiente para hacer todas las compras, y un pequeño extra que ella me pedía que dejara a modo de propina a las personas a quienes les compraba los víveres.

Todo el tiempo que viví ahí, no me representó nunca un problema hacer eso por la señora, era una casera particularmente comprensible y nada quejumbrosa, en temporadas de evaluaciones, cuando me quedaba despierto hasta tarde, me permitía llevar grupos de estudio, siempre teniendo consideración por su edad y tratando de hacer el mínimo ruido, en lo personal me parecía más adecuado, porque el respeto que les infundía su presencia.

Aunque la interacción se reducía al mínimo indispensable, logramos mantener una buena sinergia, la señora atendía su casa como ella creía más conveniente, mientras yo me hacía cargo de mi habitación y mis estudios, mis mayores recuerdos de su presencia eran que cada tarde que regresaba de la universidad la veía sentada escuchando algún viejo vinilo mientras se entretenía a ella misma con uno de sus múltiples tejidos.

Tenía una gran variedad de proyectos distintos, y constantemente terminaba uno para comenzar uno nuevo; nunca le pregunté, pero siempre asumí que eran para su familia, dado que de cuando en cuando, justo después de terminar algún tejido, lo guardaba en una caja de cartón y lo entregaba al cartero para que hiciera llegar el paquete a su destinatario, quien quiera que éste fuera.

A propósito de su entretención con el tejido, recuerdo bien que recién que me mudé ahí, tal vez dos o tres semanas después de la entrada del otoño, me pidió un favor especial, y ahora que lo pienso, creo que fue el único favor que me pidió en toda mi estadía; como la luz comenzaba a escasear en las tardes, y ella deseaba continuar con sus proyectos de tejido, probablemente para algún regalo para invierno para su nieto o inclusive bisnieto favorito; ella me pidió que le ayudara a instalar una lámpara para que ella pudiera continuar llegada la tarde y no tener que interrumpir su tejido.

Sin chistar accedí a ayudarle, fue una labor muy simple, porque ya existía una instalación eléctrica vieja que no se estaba utilizando, solo fue cuestión de una hora cuando la señora ya tenía su luz extra y podía continuar mientras yo proseguía con mi rutina de esos días.

Recordé eso porque una particularidad de verla cuando regresaba de la escuela, era que, si yo llegaba cuando ya había oscurecido, la señora tenía ya encendida la lámpara que yo había instalado y ella, continuando con su tejido, proyectaba su sombra en la pared contraria; era una sombra apacible, la señora sentada en su mecedora con las manos ocupadas tejiendo, era una imagen que en ese entonces me daba confort, tal vez la sensación de haber llegado a casa.

Paso el tiempo y terminé mis estudios, no fue con honores, pero si logré un título por el que había trabajado varios años, además de una generosa oferta de empleo, que me permitiría seguir adelante con mi vida, inclusive, hacerme de un lugar propio, y si bien me daba gusto haber terminado ese ciclo, sabía que eso significaría que tendría que dejar mi morada temporal, no es que me entristeciera, tal vez solo un poco, pero eso era algo de lo que yo estaba consciente inclusive desde antes de mudarme ahí, sabía que solo estaría temporalmente, y como siempre me han afectado las despedidas traté de no pensar mucho en eso.

Tenía todo tan listo como me era posible para desalojar el lugar sin mayor problema, no había llevado muebles, cuando mucho un par de docenas de libros, pero esos ya estaban bien empacados y listos para sacarlos en una caja, mi ropa vieja, aquella que ya no quería conservar la regalé a personas necesitadas, mientras que ya tenía en las maletas aquella ropa que aun usaba y quería conservar.

Hice la limpieza de la habitación aun mejor de lo que normalmente solía hacerla, dado que ahora me iba a retirar, tal vez otra persona podría usar la habitación, pero no sabía si se podría dar esa armonía como se dio entre la dueña de la casa y yo. Mientras yo hacía limpieza, la señora no salió de su habitación, inclusive, esa tarde no salió a tejer a la sala, no quise importunarla, aunque ella ya sabía que ese día saldría de ahí.

Cuando tenía todo listo, me encontré a la hija de la señora; fue para finiquitar el contrato, y revisar que no existieran pendientes para desalojar la casa; le pregunté acerca de su señora madre, pero ella solo me dijo que se encontraba cansada y dormía en su habitación, me entristecí por un momento, pero también me puse a pensar que tal vez era lo mejor; le había comprado una canasta para que pusiera todas sus bolas de estambre y pudiera acomodarla a un lado de su mecedora, entonces preferí ponerla a un lado de su mecedora con un moño muy grande una nota que simplemente decía “gracias”.

Me dirigí a mi nuevo lugar; ya lo había ido a visitar cuando estaba haciendo los tratos de arrendamiento, era simple como una caja de concreto, con ventanas y solo un privado para la regadera y el retrete, todo lo demás estaba expuesto, sabía que con algunos biombos, libreros y cortinas, ese lugar quedaría justo como yo quería, ya había revisado cada detalle y tenía un plan bien definido, pero cuando puse un pie en mi nuevo lugar, no pude estar preparado para lo que vi.

En la pared más larga, por ende la opuesta al ventanal más grande, donde la mayor cantidad de luz entra, había una sombra reflejada, la sombra de la señora que había sido mi compañía, justo como la recordaba, aparentaba estar sentada en su mecedora, realizando alguno de sus múltiples tejidos.

Al principio pensé que era alguna mancha en el concreto, pero la sombra se movía; traté de buscar la fuente de la sombra, pero si me paraba frente a ella no había sombra proyectada en mi, simplemente existía de una forma móvil en esa pared, sin mayor lógica. Al principio tuve miedo, el miedo que se tiene a lo que no se le puede dar explicación, inclusive pensé en cancelar el contrato y buscar otro lugar, pero mi condición de recién ingresado al trabajo no me permitía tal lujo.

Un sonido me distrajo y me asustó en un sobresalto, tocaban a la puerta; era la hija de la señora donde había vivido y traía en su mano la canasta de regalo que había dejado junto a la mecedora; primero me dijo que había olvidado eso en casa, pero yo le expliqué que era un regalo para su madre por la amabilidad de aceptarme en su casa; la hija de la señora rompió en llanto, y me dijo que ella ya no podría utilizarla más y me pidió que la conservara, dado que ella tenía que irse pronto, porque tenía muchas cosas que hacer.

Tomé la canasta y la puse al pie de la pared donde estaba la sombra, y ésta comenzó a moverse con mayor intensidad y todo fue muy claro para mí.

No me siento asustado, al contrario, me siento en compañía, una apacible sombra me dice que no estoy solo, y se mantiene ocupada tejiendo sombras en mi apartamento.

Ciencia – IV

Capitulo I

Capitulo II

Capitulo III

Capítulo IV
Autor: Israel Rodríguez

No habían pasado muchos kilómetros desde que reanudamos el avance, yo me encontraba en el penúltimo vehículo del convoy, solo procedido por el extraño vehículo cubierto donde habían sido llevados algunos de los civiles de mi transporte; cuando de pronto se escuchó el estruendo de vidrios rompiéndose y algunos gritos de auxilio ahogados en un silencio casi fantasmal.

Habíamos llegado a la zona donde un ataque de esas criaturas extrañas estaba siendo llevado a cabo. El sonido era aterrador, como un silencio sepulcral que solo era roto de cuando en cuando por un grito de desesperación que era interrumpido para volver de nuevo a el mismo silencio.

Sin romper la marcha, el vehículo detrás de nosotros lanzó dos disparos, a modo de llamar la atención de las criaturas, no sabían si funcionaría, nadie lo habría sabido pero pasados unos minutos, volvieron a intentar lanzar unos disparos al aire, aun nada.

Uno de los oficiales que sacó a las personas se encontraba en el asiento del copiloto y después del segundo intento por llamar la atención, mientras todos nos encontrábamos inmóviles en el pánico más absoluto, decidió abrir su puerta con el vehículo en marcha, y sacó medio torso agarrándose de una estructura en la parte trasera y con la otra mano tomó una pistola de bengalas, la cual levantó para disparar y ver si eso llamaba la atención de las criaturas.

Justo en el momento antes de jalar el gatillo, una de las criaturas salió a una velocidad indescriptible, rompió la puerta y lo siguiente que vimos fue el uniforme del militar volando por efecto de la velocidad el viento, había consumido todo tejido orgánico del oficial en cuestión de décimas de segundo y lo único que quedó fue el uniforme.

El soldado que manejaba, no tuvo momento de reaccionar adecuadamente, y por el susto viró de una forma agresiva, lo que hizo que el vehículo se volcara de lado abriendo la puerta trasera por el golpe, de la cual salieron despedidos todos los ocupantes de la forma más espantosa.

Todos se encontraban en ropa interior, amarrados en posición de cuclillas, amordazados y con los ojos descubiertos, nosotros seguimos avanzando mientras la criatura se acercaba a esos bultos de carne, y los consumió uno a uno, a uno de los soldados heridos y a otro que trató de defenderse lanzando algunos disparos pero que no pude ver si habían logrado hacer contacto con la criatura. Después de terminar con los ocupantes del vehículo nosotros nos encontrábamos a una distancia prudente, cuando por los comunicadores se comunicaron con los soldados de nuestro vehículo.

Todas esas personas eran, o mejor dicho, éramos carnada para atraer a la criatura, pero había resultado el plan todo un fiasco, había terminado con la carnada del vehículo más rápido de lo que podrían haber imaginado. Pero la criatura tenía un instinto bien desarrollado, y se dio cuenta que podría conseguir más víctimas hacia donde nos dirigíamos, así que desde la lejanía pudimos ver que se dirigía corriendo hacia nosotros, éramos los siguientes.

Los soldados recibieron la orden de dejarnos caer como un camino de migajas para atraer a la criatura, con arma en mano mantenían controlada a la gente alrededor mío mientras que colocaban uno a uno a los pasajeros al borde del vehículo para lanzarlo al suelo al recibir la orden.

La criatura seguía uno a uno a las personas que iban cayendo del vehículo y les hacía lo mismo que habíamos visto minutos antes, con el toque absorbía toda clase de tejido orgánico y solo dejaba la ropa flotando a causa del viendo y la inercia, el terminar con una víctima lo retrasaba solo fracciones de segundo y cada vez más se acercaba peligrosamente.

El segundo vehículo con vecinos se emparejo a un lado de el nuestro y comenzaron a lanzar alternadas a las víctimas para forzar a la criatura a zigzaguear el camino y ganar algo de ventaja, lo cual funcionó por un momento, porque nuestro vehículo tenía aun mas personas y cuando se terminaron las víctimas del otro vehículo de nuevo tomó una trayectoria lineal y recuperó la distancia que le habían hecho perder.

Los soldados temiendo que la situación se les saliera de control, ignoraron las órdenes que se lanzaran las carnadas de una a una y comenzaron a juntar a todas las personas, tal vez para lanzarlos todos de una vez y que la criatura se entretuviera lo suficiente para escapar.

Con lo que se entretuvieron en juntarnos a todos la criatura logró recuperar mucho terreno, se encontraba a escasos doscientos metros y se acercaba peligrosamente al vehículo, yo me encontraba al frente de todo ese cúmulo de gente, junto con otras personas que se encontraban en estado de shock, de pánico y otros en un llanto incontrolable, era una situación desoladora en extremo.

En ese momento, el soldado que había iniciado el sacrificio masivo recibió órdenes de nuevo por el comunicador, aparentemente una reprimenda por el espacio de ventaja que le había dado a la criatura por desobedecer sus instrucciones, intentó excusarse pero solo se le escuchaba una voz sumisa, en la que admitía haber desobedecido, en ese tiempo, la criatura estaba directamente frente a nosotros y sentí una mano en el hombro.

El soldado que acababa de ser reprimido, me tomó del hombro y con fuerza y desprecio me trató de lanzar fuera del vehículo, pero era demasiado tarde, la criatura dio un salto directo hacia nosotros, y yo simplemente me dejé caer del borde donde me encontraba y rodé para minimizar el daño, al parecer, la criatura prefirió terminar con todos que terminar con uno solo, así que me ignoró por completo y al cabo de un minuto ya había terminado con todos, soldados y civiles, en ese vehículo, porque solo vi una nube de ropa flotando en el aire y el vehículo salirse del camino, quiero pensar, sin nadie que lo condujera.

Me había salvado.

Sin pensar en los moretones y demás daños que podría haber sufrido por dejarme caer de un vehículo en movimiento me salí del camino y busqué un lugar donde refugiarme de nuevo, sabía qué hacía la criatura y sabía que no podría haber forma que me salvara de ésta.

Encuentro una cabaña abandonada después de un tiempo, se encuentra en condiciones aceptables, pero es notorio que ha sido abandonada hace años, encuentro muebles rotos y heces de animales salvajes que debieron acabar con toda la comida que podría haberse encontrado ahí, también encuentro algo de agua, tal vez recogida de la lluvia, se ve turbia, pero en ese momento es lo que menos me importa, es poca, así que debo racionarla.

Tomo un jirón de tela que me encuentro y me siento en el suelo, me acerco el agua que encontré, mas no la bebo, al contrario, solo me mojo los labios y trato de dormir un poco.