Eones – I

Capítulo I
Autor: Israel Rodríguez

Antes de los tiempos de nuestros ancestros, antes que los hombres poblaran la superficie de este planeta y antes que existieran los registros de los sucesos del pasado, en una parte alejada del cosmos, siete grandes objetos que flotaban de distintos puntos del universo convergieron y se estrellaron en siete distintos lugares de este mismo planeta; convirtieron, por acción de fuerza, gravedad y contaminación, a un planeta estéril en el planeta habitable que existe ahora.

Los impactos estabilizaron los movimientos de rotación y traslación, así como ajustaron la órbita perfecta, precisa, exacta que necesitaban las bacterias y otros microorganismos con lo que los objetos recién llegados estaban contaminados, para que pudieran multiplicarse, evolucionar y poblar a razón de millones de años a la civilización que ahora conocemos como nuestra y que nunca nos ponemos a razonar de su proveniencia.

Yo también vivía en la comodidad de la ignorancia, sin pensar demasiado en cosas que yo sentía que no me concernían, cosas que son muy complejas y profundas como para que una persona común y corriente las entienda, o en todo caso, para que un simple humano pueda tener acceso a información de ese calibre.

Desafortunado fue aquel día que encontré aquel artefacto.

Yo trabajaba en una compañía de demolición, nuestro trabajo es simple, nos entregan un edificio vacío para estudiarlo, definir las cargas explosivas que tenemos que usar para destruirlo y crear el mínimo impacto a los alrededores, después llega la compañía de limpieza que retira el escombro y tras dejar libre el área, la constructora llega y crea el nuevo inmueble, es una tarea simple al momento de explicarlo con palabras, pero soy un apasionado de mi trabajo y lo disfruto por completo.

Tiendo a ser muy metódico, contrario a algunos de mis compañeros, lo usual es que uno diseñe un plan de demolición y delegue la responsabilidad de la instalación al supervisor, el cual instala las cargas y da el banderazo para presionar el botón y comenzar el espectáculo, pero esas prácticas cobraron una vez víctimas.

En un edificio en las afueras de una de las metrópoli más importantes de este país, donde la diferencia socio-económica es muy marcada, se siguió el protocolo usual, y una pequeña familia de indigentes logró refugiarse sin ser localizados en un pequeño bunker de emergencia instalado en el edificio en tiempos de la guerra hace varias décadas, cuando todo era paranoia.

El supervisor, solo instaló las cargas y no hizo una revisión “por si acaso” y esas cuatro personas fueron sepultadas vivas en un bunker frágil que colapsó con el peso del edificio y murieron de una trágica y tortuosa forma. Fueron encontrados por el equipo de limpieza semanas después, no existía premura porque no sabía nadie que ellos habían quedado atrapados.

Fue un escándalo mediático que hizo a la empresa perder muchos clientes, y del cual la empresa no ha podido recuperarse del todo, a partir de eso, me he vuelto mucho mas quisquilloso y desconfiado, y por lo tanto, cuando el supervisor me hace llegar el reporte de instalación, me tomo un par de horas para confirmar las cargas y discretamente comprobar que no exista ni una sola persona aún en el edificio, desconfiando, por seguridad, al equipo de protección que nos es asignado para el trabajo.

Ya se hacía tarde, dado que eran días de invierno, el frio comenzaba a sentirse un poco más fuerte y la luz del sol nos abandonaba más temprano, como era de esperarse, pero mi paz interior bien valía la espera y todas las quejas de mis colaboradores por hacer una inspección personal del sitio antes de detonar el edificio.

Revisé los pisos superiores del edificio y efectivamente encontré que todas las cargas de explosivos estaban impecablemente instaladas, conforme barría cada piso merodeaba las habitaciones y cerraba los pisos superiores para minimizar o evitar en medida de lo posible que un suceso fatídico volviera a suceder.

Estaba ya en el segundo nivel cuando escuché unos pasos, de inmediato asumí que era alguno de los muchachos del equipo de trabajo tratando de apurarme porque ya querían retirarse a descansar, últimamente, con mi nueva manía de revisar todo con sumo cuidado, les ha dado por intentar apresurarme, algunos tienden a ser más insistentes, y otros ya se dieron por vencidos, así que eso fue lo primero que cruzó mi mente como posibilidad, pero tras preguntar de quién se trataba un par de ocasiones decidí no darle importancia.

Al estar revisando las últimas instalaciones de la planta baja, volví a escuchar los pasos que oí en el piso superior, y, siguiendo yo en la creencia que era alguno de mis compañeros, les hice saber que ya había terminado y que fueran preparando todo para la explosión, aunque del mismo modo que la vez anterior, nadie me contestó, terminé con mi formato de revisión y procedí a la salida para encontrarme con el equipo.

La noche ya había entrado de lleno, y en el camper que se usa para descanso ya no había nadie más que el integrante más joven de mi equipo, me explicó que se habían cansado de esperar y se habían ido a descansar, mi reacción inmediata fue de molestia, lancé toda la colección de maldiciones y palabrotas que conocía por mi indignación, pero después recapacité en un detalle que había escapado de mi mente; estaba demasiado oscuro.

Revisé el reloj en mi celular y en él efectivamente solo había pasado una hora y media desde que empecé a hacer la revisión, pero le pregunté la hora al joven ayudante y me confirmó que pasaba ya de las diez de la noche, que son tres horas más de lo que marca mi reloj; el shock fue grande y no atiné a nada más que sugerirle que se fuera a descansar y que mañana continuaríamos con las labores de demolición, el sin entender mi reacción, solo asintió, tomó sus cosas, las cuales había tenido más que suficiente tiempo para preparar, y se retiró sin decir nada.

Todo el equipo se hartó de esperarme arriba de cuatro horas, mientras que para mí no pasaron más de dos horas, un escalofrió recorrió mi espalda al recordar los sonidos de pisadas que escuchaba casi al terminar, hora en la que ya no había nadie, y salvo que este muchachito hubiera tenido la iniciativa de irme a buscar, lo cual dudo mucho, no había nadie en el sitio como para que hiciera ese ruido de pisadas.

Con una sensación de cincuenta por ciento curiosidad y cincuenta por ciento miedo, me armé de valor y prendí de nuevo el interruptor principal para identificar qué había sucedido ahí.

Entré al edificio e hice un recorrido similar al que había hecho previamente, subí las escaleras e hice lo mismo dado que en esos dos lugares fue donde había escuchado los ruidos, pero ahí no había nada que reportar, mi alma descansó, porque el miedo comenzaba a apoderarse de mi conforme avanzaba en ese lugar, pero al subir y constatar que yo era lo único en ese lugar que podría hacer ruido me tranquilicé un poco.

Al bajar las escaleras y dirigirme a la salida mi tranquilidad se esfumó tan pronto como había llegado, un vientecillo helado se comenzó a sentir y una pequeña risa lejana se comenzó a escuchar, de inmediato me puso los nervios de punta y lo único que atiné fue a intentar escapar a la mayor brevedad posible, solo que no contaba con que las luces se apagarían justo en ese momento, al mismo tiempo que la risa lejana se convirtió en una carcajada, lo cual me hizo tropezar y caer estrepitosamente para golpearme en la cabeza y perder el conocimiento.

Cuando recuperé la conciencia estaba más que nada asustado, me encontraba en algún lugar completamente sellado que no permitía la entrada ni a la más mínima luz, por lo que ni aún abriendo los ojos tan grande como me era posible podía ver nada.

Recordé que tenía mi teléfono celular en el bolsillo y lo tomé, tenía buena carga de batería y según el reloj no había pasado ese día, aunque estaba cerca de las doce de la noche ya, aunque no era nada seguro porque se había atrasado previamente en el día.

Comencé a avanzar temeroso de tropezarme con algo, realmente no podía ver nada, era igual tratar de ver algo con los ojos completamente abiertos que tratar de ir a tientas con ojos cerrados, la absoluta ausencia de luz hacía que no se sintiera diferencia alguna, pero el celular emitía una luz tenue, suficiente para ver que no habían obstrucciones en el suelo que pudieran hacerme caer, pero también era lo suficientemente débil para poder ver más allá de unos cuantos pasos.

Avancé tan derecho como yo creía por varios minutos y no encontré ningún muro, objeto o algo que me forzara a cambiar mi trayectoria, y levantar el aparato que cargaba en mi mano para iluminar al frente resultaba tan infructuoso como frustrante, así que me limitaba solo a iluminar el suelo y continuar caminando, revisé la hora, aún no eran las doce de la noche.

Pasó mucho tiempo, no sé realmente cuanto, porque el teléfono seguía marcando la misma hora, y yo continuaba caminando sin rumbo, pero al mismo tiempo, sin obstrucción, por lo que decidí darme la media vuelta e intentar ir al otro rumbo, lo que me encontré me heló la sangre, antes de si quiera iluminar el suelo, lo primero que tenía frente a mi nariz era una gran puerta de madera vieja, sólida y polvosa, lo sé porque me estampé el rostro con ella y mi primer reacción fue limpiar el polvo de ella que había entrado a mi nariz.

Revisándola con la pobre luz del aparato celular vi un trabajo de tallado impresionante, en la base contaba con tallados que aparentaban algo como césped o fuego, o tal vez una combinación de ambos, al centro un gran árbol con gran detalle y raíces que se extendían hacia el marco de la misma puerta, y en la parte superior, coronando majestuosamente el ya de por si opulento trabajo, un cielo estrellado en el que todas las estrellas tienen un relieve, especialmente siete de ellas, las más grandes.

Mi primer reacción es de temor, es algo que no hubiera esperado, pero armándome de valor me dispongo a empujar la puerta para abrirla, o al menos para confirmar que está cerrada y ver la forma de tocar, pero tan pronto y acerco mis dedos, con la sutileza que una pluma flota en la brisa, la puerta se abre sin emitir ni el más pequeño rechinido, acto seguido, cruzo el umbral con más miedo en mi corazón que el que he sentido en toda mi vida.

Cuento Corto – De cantera tenía la piel

De cantera tenía la piel

Autor: Israel Rodríguez

No siempre tomo este camino para venir al trabajo, es decir, es más largo y si lo tomo, es porque salí con demasiado tiempo de sobra de casa, y eso, sinceramente no sucede a menudo, de hecho, no recuerdo con claridad la última vez que había tomado este camino hacia la oficina; siento que debería hacerlo más seguido, esta ruta tiene muchos jardines y parques que alegran la mirada, tiene menos automóviles transitándola y para uno que viene a pié, es mucho más fácil cruzar las avenidas.

También este camino tiene una fuente majestuosa, cubre por completo una glorieta, y si mal no recuerdo, nunca la había visto funcionando, siempre estaba apagada cuando había cruzado, y hoy prendida se ve a su máximo esplendor, tiene un chorro de agua central que debe subir, por lo menos unos cuatro metros, que desde luego, comparando con el diámetro de la fuente en sí, es algo pequeño, y hay seis chorros que disparan hacia seis pequeñas figuras de cantera que enmarcan el chorro principal.

Las esculturas de cantera son pícaras y juguetonas, son mujeres labradas en la roca, desde aquí se ven desnudas, pero tal vez mi mente perversa me hace creer que así lo están, tal vez solo estén ligeras de ropa, pero en verdad que no sé nada de arte, solo veo que resultan esculturas de desnudos cuando alguien se pone a tallar una piedra, cualquiera que ésta sea.

Existe también una acera dentro de la glorieta que se puede caminar, y como el tráfico no es nada denso, es fácil cruzar y caminarla alrededor, para sentir una agradable, y copiosa brisa en la piel, de hecho, tengo tiempo de sobra, quiero caminar en esa acera, quiero ver esas esculturas y quitarme la duda de si están o no desnudas, y en realidad, solo quiero romper la monotonía y hacer algo distinto de camino.

Lo primero que hago es percatarme que están vestidas, pienso en decir algún comentario gracioso, pero me abstengo, dado que me encuentro solo, ¿qué gracia puede tener decir algo simpático si no hay nadie para oírlo?, me dispongo a contar a las seis figuras, empiezo a contarlas por donde entro a la banqueta,  todas aparentan tener una túnica, y están sosteniendo algo. La primera sostiene una harpa, la segunda un racimo de uvas, la tercera una máscara, la siguiente tiene un flautín entre sus manos, la quinta tiene una esfera de cristal reposando en sus piernas, la que le sigue tiene una pluma entre sus dedos, y para mi sorpresa la siguiente esta desnuda, y está sosteniendo una harpa.

Tardo minutos en reaccionar, y cuando me percato escucho una risilla pícara mientras me tallo los ojos, pero tan pronto como me descubro los ojos se detiene y solo escucho el ruido del agua chocando en la piedra, aunque para mi sorpresa, veo que la figura que sostenía las uvas, también esta desnuda, y la que tenía la pluma también; me hacen dudar, podría jurar haberlas visto con una toga tallada en sus cuerpos, y ahora están desnudas  y con sus atributos siendo acariciados por el agua que corre por sus pétreos cuerpos.

Para ese momento ya he perdido demasiado tiempo y me voy corriendo hacia mi trabajo, cumplo con mi horario por completo y resisto la tentación de comentar lo vivido en mi mañana, tal vez podrían creer que estoy loco, yo mismo lo podría creer con suma facilidad, pero como nunca me había sucedido nada especial, al mismo tiempo me siento flotando en una nube de misticismo, ese es mi pequeño secreto, algo que puedo llamar mío, que solo me sucedió a mí y a nadie más y algo que me hace diferente del resto.

Al salir, un compañero se ofrece a darme un aventón a casa, y aunque primero le digo que no, cuando me pregunta si tengo algo que hacer, por instinto le digo que nada, y me pide insistentemente que lo acompañe a una compra que debe hacer y que de ahí me lleva a casa, como no quería dar mayores explicaciones, no me quedó más remedio que aceptar, desde luego que yo deseaba ver mi fuente, pero vaya, es una fuente y no va a ir a ningún lado, o sí?

La mañana siguiente me preparo para salir con demasiado tiempo de sobra, deseaba más que nada ir a ver la fuente, esa fuente que siempre estuvo ahí y que justo ayer había descubierto, la fuente por la que pasé al lado en varias ocasiones, y que nunca me di la oportunidad de ver con detenimiento, ahora si llevaba tiempo de sobra y mucho ánimo de observarla con todo el detalle que el tiempo me permitiera.

Al llegar al cruce de avenidas en cuestión mi corazón se detuvo por un instante, habían una serie de camionetas del ayuntamiento, trabajadores de obras públicas y cercos de seguridad que impedían el paso a mi glorieta, a mi fuente. Estaban retirando la fuente en pro de una vialidad más fluida me dijo un encargado al que le pregunté por lo que hacían. El no me pudo engañar, esa calle está prácticamente desierta, alguien descubrió la magia de esa fuente antes que yo, y decidió quedársela para sí, y no había nada que yo pudiera hacer para evitarlo.

Cuento Corto – De camino por la mañana

De camino por la mañana

Autor: Israel Rodríguez

Hoy inició el día como cualquier otro día había iniciado, había llovido toda la noche, y aún seguía nublado, lo cual era fantástico para mí, porque me recuerda a esas mañanas en la playa que tanto disfruto, inclusive, logré percibir un aroma de humedad en las calles que reforzó el sentimiento; desde luego, la vista urbana, el tráfico y la prisa de todo el mundo de llegar pronto a sus destinos pronto rompió el encanto, pero es justo por eso que digo que el día es como cualquier otro.

Tomé mis cosas y salí de casa, dispuesto a enfrentarme valerosamente al día que tenía por delante, aunque de valeroso no tiene nada ese acto, realmente es dos tantos de rutina y otros tantos de la necesidad de pagar las cuentas, si no fuera por eso sería feliz no teniendo que trabajar de esa forma, como autómata desprogramado, sin albedrio y obedeciendo los mandatos de un primate infundado con poder y un coeficiente severamente limitado el cual fue etiquetado con el título de ‘jefe’, no es que lo deteste… simplemente no entiendo cómo funcionan sus procesos mentales.

Tan solo el día anterior se atrevió a lanzarme la consigna de hacer dos tareas, ambas con el máximo nivel de prioridad, algo que el cómicamente quiere llamar, la ‘urgencia para ayer’, que de cómico no tiene nada, así que tan pronto me disponía a trabajar en uno de los dos pendientes, el recordaba que necesitaba más el otro, y lo mismo sucedía cuando cambiaba de labores, fue en extremo frustrante y desmotivador, lo admito.

Al momento de arrancar el auto y comenzar con mis rituales: ajustar los espejos, probar las intermitentes y direccionales, colocarme el cinturón de seguridad, y poner alguna lista de reproducción de música las varias que tengo en mi teléfono; me doy cuenta que para mi buena fortuna, comienza a lloviznar, no porque no fuera adivinar que fuera a suceder, después de todo seguía nublado después del aguacero de la noche anterior, pero al menos tenía la esperanza que esperara a llegar a algún lugar seguro, dado que me pone algo ansioso conducir mientras hay lluvia.

Como no me queda de otra, comienzo a avanzar con los limpia parabrisas en una intermitencia baja, no está cayendo tanta agua como para que tengan una intensidad de limpieza mayor, al menos no por los primeros diez minutos del trayecto, cuando la lluvia arrecia y tengo que subir la frecuencia con la que los limpia parabrisas remueven el agua que me impide ver claramente el camino.

Por un momento creí que era el hastío, o inclusive algo de agobio, explicaciones ilógicas no me faltaron, pero era más que necesario tallarme los ojos, solo para asegurarme que lo que mis ojos veían eran cierto, o al menos no estaba alucinando; cada que el limpia parabrisas pasaba y removía el agua del cristal, lograba ver cosas que no podía ver a simple vista, sombras antropomórficas que se desvanecían milisegundos después de haberlas visto.

No podía dar crédito a mis ojos, pero era una visión constante, no es que me concientizara a verlas, o en todo caso a no verlas, sino que estaban ahí, y simplemente aparecían en mi vista cada que el agua se retiraba del cristal del parabrisas para luego desvanecerse y aparecer de nuevo al cabo de unos segundos por acción de la limpieza del hule que hacía su labor.

Al principio, las sombras solo eran figuras estáticas, con forma de personas tan variadas como las que se puede encontrar cualquier día promedio en las calles de la ciudad, pero al cabo de unos minutos, algunas comenzaron a moverse y a tomar aterrorizantes acciones.

En una luz roja, mientras todos estábamos detenidos, una sombra saltó al cofre de un sedán que se encontraba detenido a la derecha y al frente mío, después de saltar vi como se sumergía dentro del lugar donde la maquinaria del auto se encontraba, acto seguido, la luz roja se volvió verde y comenzamos a avanzar, excepto ese sedán, cuyo motor se había ahogado y se había apagado, sin posibilidades de poderlo arrancar de nuevo.

En mi mente me repetía una y otra vez que solo era efecto de mi cansancio, falta de sueño, o preocupaciones varias, además que no existía nada de lo que yo creía ver, y que lo que había sucedido con el sedan no era más que una desafortunada coincidencia; desde luego esos pensamientos confortantes se vinieron abajo cuando delante de mí, una vagoneta que conducía a una distancia prudente, recibió de un salto a una de las sombras que estaban en la acera próxima, la cual se quedó agazapada en un costado del vehículo, y con movimientos como de una araña se acercó a la rueda trasera del lado del piloto, para después, con algo que aparentaban garras afiladas en su mano, tocó la llanta y ésta explotó.

El conductor, con toda la pericia que tenía logró detener el vehículo sin causar mayores accidentes, y del mismo modo y casi automáticamente, me detuve y accioné mis luces intermitentes, para alertar a aquellos que estuvieran detrás de mí y no provocar alguna colisión. Desde luego la impresión de lo que había visto fue suficiente para petrificarme por algunos minutos; mientras los vehículos me rebasaban a mí y a la vagoneta para continuar su camino, yo no podía quitar mis ojos de la criatura que seguía parada en el mismo sitio, como si nada hubiera sucedido, hasta que se percató de mi mirada, y se dio cuenta que yo podía verla de algún modo, cosa que sintió como amenaza y lanzó algo como un gruñido sordo que no lograba oír, pero logré ver que esa criatura tenía dientes y muy afilados.

En el pánico que me provocó esa visión, salí de mi estado de shock y me lancé al carril de mi derecha, para huir de ahí, no sin antes recibir maldiciones del conductor con el que estuve a punto de chocar, seguí avanzando, tan rápido como el tráfico y la lluvia me lo permitían, sin dejar de poner atención a las figuras sombrías que seguían esparcidas por las aceras de los lados, las cuales, poco a poco, y algunas más frecuente me volteaban a ver, y notaban mi presencia; yo procuré avanzar aún más rápido.

La lluvia de repente disminuyó su fuerza y se transformó en una llovizna ligera, aún así yo no disminuí la velocidad del limpia parabrisas, porque era lo único que me permitía seguir viendo a las figuras que conforme avanzaba, eran más las que se percataban que yo las podía ver, y algunas hacían movimientos de zarpazo tratando de atacarme, o en todo caso hacerme daño.

Cada vez era menos lo que podía ver de esas figuras porque el agua cesaba de caer, pero mi temor y preocupación no disminuía con mi capacidad de percibirlas. Desafortunadamente, por mi distracción me colisioné con el auto frente a mí, que estaba detenido por una luz roja. Al momento de detenerme vi que los seres negros comenzaron a acercarse más y más a mí y a mi vehículo, dado que ahora no me movía era completamente una presa fácil, fue en ese momento cuando la llovizna dejó de caer por completo.

Cuento Corto – La Canasta de Estambres

La Canasta de Estambres
Autor: Israel Rodríguez

Hay cosas que nos marcan con las que uno tiene que aprender a vivir a lo largo de los años, en algunos casos son cosas simples e inofensivas como una marca de nacimiento, algunos otros tienen cosas más serias, pero aun llevaderas, como alguna alergia, marca de la genética en algunos casos, pero las más complicadas de hacerse a la idea para convivir por años y años son las marcas psicológicas que nos dejan acontecimientos tan particulares como el que voy a narrar.

Fue hace cuatro años cuando decidí salir de casa para estudiar en la universidad, me ofrecieron una habitación a un precio muy razonable y a una distancia increíblemente corta de las instalaciones del campus, solo existía una muy pequeña condición, y era esa la razón del precio tan bajo: la casa en la que me instalaría le pertenecía a una señora de edad muy avanzada, madre de la persona que me rentaría el lugar, y mi deber mientras viviera en ese lugar era auxiliarla con las compras una vez cada tercer día.

La señora era muy consciente y no deseaba convertirse en una carga para un extraño, por lo que ella siempre dejaba en la mañana del día en que debía hacer las compras, una lista muy clara y comprensible con todo lo que hacía falta, y dinero suficiente para hacer todas las compras, y un pequeño extra que ella me pedía que dejara a modo de propina a las personas a quienes les compraba los víveres.

Todo el tiempo que viví ahí, no me representó nunca un problema hacer eso por la señora, era una casera particularmente comprensible y nada quejumbrosa, en temporadas de evaluaciones, cuando me quedaba despierto hasta tarde, me permitía llevar grupos de estudio, siempre teniendo consideración por su edad y tratando de hacer el mínimo ruido, en lo personal me parecía más adecuado, porque el respeto que les infundía su presencia.

Aunque la interacción se reducía al mínimo indispensable, logramos mantener una buena sinergia, la señora atendía su casa como ella creía más conveniente, mientras yo me hacía cargo de mi habitación y mis estudios, mis mayores recuerdos de su presencia eran que cada tarde que regresaba de la universidad la veía sentada escuchando algún viejo vinilo mientras se entretenía a ella misma con uno de sus múltiples tejidos.

Tenía una gran variedad de proyectos distintos, y constantemente terminaba uno para comenzar uno nuevo; nunca le pregunté, pero siempre asumí que eran para su familia, dado que de cuando en cuando, justo después de terminar algún tejido, lo guardaba en una caja de cartón y lo entregaba al cartero para que hiciera llegar el paquete a su destinatario, quien quiera que éste fuera.

A propósito de su entretención con el tejido, recuerdo bien que recién que me mudé ahí, tal vez dos o tres semanas después de la entrada del otoño, me pidió un favor especial, y ahora que lo pienso, creo que fue el único favor que me pidió en toda mi estadía; como la luz comenzaba a escasear en las tardes, y ella deseaba continuar con sus proyectos de tejido, probablemente para algún regalo para invierno para su nieto o inclusive bisnieto favorito; ella me pidió que le ayudara a instalar una lámpara para que ella pudiera continuar llegada la tarde y no tener que interrumpir su tejido.

Sin chistar accedí a ayudarle, fue una labor muy simple, porque ya existía una instalación eléctrica vieja que no se estaba utilizando, solo fue cuestión de una hora cuando la señora ya tenía su luz extra y podía continuar mientras yo proseguía con mi rutina de esos días.

Recordé eso porque una particularidad de verla cuando regresaba de la escuela, era que, si yo llegaba cuando ya había oscurecido, la señora tenía ya encendida la lámpara que yo había instalado y ella, continuando con su tejido, proyectaba su sombra en la pared contraria; era una sombra apacible, la señora sentada en su mecedora con las manos ocupadas tejiendo, era una imagen que en ese entonces me daba confort, tal vez la sensación de haber llegado a casa.

Paso el tiempo y terminé mis estudios, no fue con honores, pero si logré un título por el que había trabajado varios años, además de una generosa oferta de empleo, que me permitiría seguir adelante con mi vida, inclusive, hacerme de un lugar propio, y si bien me daba gusto haber terminado ese ciclo, sabía que eso significaría que tendría que dejar mi morada temporal, no es que me entristeciera, tal vez solo un poco, pero eso era algo de lo que yo estaba consciente inclusive desde antes de mudarme ahí, sabía que solo estaría temporalmente, y como siempre me han afectado las despedidas traté de no pensar mucho en eso.

Tenía todo tan listo como me era posible para desalojar el lugar sin mayor problema, no había llevado muebles, cuando mucho un par de docenas de libros, pero esos ya estaban bien empacados y listos para sacarlos en una caja, mi ropa vieja, aquella que ya no quería conservar la regalé a personas necesitadas, mientras que ya tenía en las maletas aquella ropa que aun usaba y quería conservar.

Hice la limpieza de la habitación aun mejor de lo que normalmente solía hacerla, dado que ahora me iba a retirar, tal vez otra persona podría usar la habitación, pero no sabía si se podría dar esa armonía como se dio entre la dueña de la casa y yo. Mientras yo hacía limpieza, la señora no salió de su habitación, inclusive, esa tarde no salió a tejer a la sala, no quise importunarla, aunque ella ya sabía que ese día saldría de ahí.

Cuando tenía todo listo, me encontré a la hija de la señora; fue para finiquitar el contrato, y revisar que no existieran pendientes para desalojar la casa; le pregunté acerca de su señora madre, pero ella solo me dijo que se encontraba cansada y dormía en su habitación, me entristecí por un momento, pero también me puse a pensar que tal vez era lo mejor; le había comprado una canasta para que pusiera todas sus bolas de estambre y pudiera acomodarla a un lado de su mecedora, entonces preferí ponerla a un lado de su mecedora con un moño muy grande una nota que simplemente decía “gracias”.

Me dirigí a mi nuevo lugar; ya lo había ido a visitar cuando estaba haciendo los tratos de arrendamiento, era simple como una caja de concreto, con ventanas y solo un privado para la regadera y el retrete, todo lo demás estaba expuesto, sabía que con algunos biombos, libreros y cortinas, ese lugar quedaría justo como yo quería, ya había revisado cada detalle y tenía un plan bien definido, pero cuando puse un pie en mi nuevo lugar, no pude estar preparado para lo que vi.

En la pared más larga, por ende la opuesta al ventanal más grande, donde la mayor cantidad de luz entra, había una sombra reflejada, la sombra de la señora que había sido mi compañía, justo como la recordaba, aparentaba estar sentada en su mecedora, realizando alguno de sus múltiples tejidos.

Al principio pensé que era alguna mancha en el concreto, pero la sombra se movía; traté de buscar la fuente de la sombra, pero si me paraba frente a ella no había sombra proyectada en mi, simplemente existía de una forma móvil en esa pared, sin mayor lógica. Al principio tuve miedo, el miedo que se tiene a lo que no se le puede dar explicación, inclusive pensé en cancelar el contrato y buscar otro lugar, pero mi condición de recién ingresado al trabajo no me permitía tal lujo.

Un sonido me distrajo y me asustó en un sobresalto, tocaban a la puerta; era la hija de la señora donde había vivido y traía en su mano la canasta de regalo que había dejado junto a la mecedora; primero me dijo que había olvidado eso en casa, pero yo le expliqué que era un regalo para su madre por la amabilidad de aceptarme en su casa; la hija de la señora rompió en llanto, y me dijo que ella ya no podría utilizarla más y me pidió que la conservara, dado que ella tenía que irse pronto, porque tenía muchas cosas que hacer.

Tomé la canasta y la puse al pie de la pared donde estaba la sombra, y ésta comenzó a moverse con mayor intensidad y todo fue muy claro para mí.

No me siento asustado, al contrario, me siento en compañía, una apacible sombra me dice que no estoy solo, y se mantiene ocupada tejiendo sombras en mi apartamento.

Ciencia – IV

Capitulo I

Capitulo II

Capitulo III

Capítulo IV
Autor: Israel Rodríguez

No habían pasado muchos kilómetros desde que reanudamos el avance, yo me encontraba en el penúltimo vehículo del convoy, solo procedido por el extraño vehículo cubierto donde habían sido llevados algunos de los civiles de mi transporte; cuando de pronto se escuchó el estruendo de vidrios rompiéndose y algunos gritos de auxilio ahogados en un silencio casi fantasmal.

Habíamos llegado a la zona donde un ataque de esas criaturas extrañas estaba siendo llevado a cabo. El sonido era aterrador, como un silencio sepulcral que solo era roto de cuando en cuando por un grito de desesperación que era interrumpido para volver de nuevo a el mismo silencio.

Sin romper la marcha, el vehículo detrás de nosotros lanzó dos disparos, a modo de llamar la atención de las criaturas, no sabían si funcionaría, nadie lo habría sabido pero pasados unos minutos, volvieron a intentar lanzar unos disparos al aire, aun nada.

Uno de los oficiales que sacó a las personas se encontraba en el asiento del copiloto y después del segundo intento por llamar la atención, mientras todos nos encontrábamos inmóviles en el pánico más absoluto, decidió abrir su puerta con el vehículo en marcha, y sacó medio torso agarrándose de una estructura en la parte trasera y con la otra mano tomó una pistola de bengalas, la cual levantó para disparar y ver si eso llamaba la atención de las criaturas.

Justo en el momento antes de jalar el gatillo, una de las criaturas salió a una velocidad indescriptible, rompió la puerta y lo siguiente que vimos fue el uniforme del militar volando por efecto de la velocidad el viento, había consumido todo tejido orgánico del oficial en cuestión de décimas de segundo y lo único que quedó fue el uniforme.

El soldado que manejaba, no tuvo momento de reaccionar adecuadamente, y por el susto viró de una forma agresiva, lo que hizo que el vehículo se volcara de lado abriendo la puerta trasera por el golpe, de la cual salieron despedidos todos los ocupantes de la forma más espantosa.

Todos se encontraban en ropa interior, amarrados en posición de cuclillas, amordazados y con los ojos descubiertos, nosotros seguimos avanzando mientras la criatura se acercaba a esos bultos de carne, y los consumió uno a uno, a uno de los soldados heridos y a otro que trató de defenderse lanzando algunos disparos pero que no pude ver si habían logrado hacer contacto con la criatura. Después de terminar con los ocupantes del vehículo nosotros nos encontrábamos a una distancia prudente, cuando por los comunicadores se comunicaron con los soldados de nuestro vehículo.

Todas esas personas eran, o mejor dicho, éramos carnada para atraer a la criatura, pero había resultado el plan todo un fiasco, había terminado con la carnada del vehículo más rápido de lo que podrían haber imaginado. Pero la criatura tenía un instinto bien desarrollado, y se dio cuenta que podría conseguir más víctimas hacia donde nos dirigíamos, así que desde la lejanía pudimos ver que se dirigía corriendo hacia nosotros, éramos los siguientes.

Los soldados recibieron la orden de dejarnos caer como un camino de migajas para atraer a la criatura, con arma en mano mantenían controlada a la gente alrededor mío mientras que colocaban uno a uno a los pasajeros al borde del vehículo para lanzarlo al suelo al recibir la orden.

La criatura seguía uno a uno a las personas que iban cayendo del vehículo y les hacía lo mismo que habíamos visto minutos antes, con el toque absorbía toda clase de tejido orgánico y solo dejaba la ropa flotando a causa del viendo y la inercia, el terminar con una víctima lo retrasaba solo fracciones de segundo y cada vez más se acercaba peligrosamente.

El segundo vehículo con vecinos se emparejo a un lado de el nuestro y comenzaron a lanzar alternadas a las víctimas para forzar a la criatura a zigzaguear el camino y ganar algo de ventaja, lo cual funcionó por un momento, porque nuestro vehículo tenía aun mas personas y cuando se terminaron las víctimas del otro vehículo de nuevo tomó una trayectoria lineal y recuperó la distancia que le habían hecho perder.

Los soldados temiendo que la situación se les saliera de control, ignoraron las órdenes que se lanzaran las carnadas de una a una y comenzaron a juntar a todas las personas, tal vez para lanzarlos todos de una vez y que la criatura se entretuviera lo suficiente para escapar.

Con lo que se entretuvieron en juntarnos a todos la criatura logró recuperar mucho terreno, se encontraba a escasos doscientos metros y se acercaba peligrosamente al vehículo, yo me encontraba al frente de todo ese cúmulo de gente, junto con otras personas que se encontraban en estado de shock, de pánico y otros en un llanto incontrolable, era una situación desoladora en extremo.

En ese momento, el soldado que había iniciado el sacrificio masivo recibió órdenes de nuevo por el comunicador, aparentemente una reprimenda por el espacio de ventaja que le había dado a la criatura por desobedecer sus instrucciones, intentó excusarse pero solo se le escuchaba una voz sumisa, en la que admitía haber desobedecido, en ese tiempo, la criatura estaba directamente frente a nosotros y sentí una mano en el hombro.

El soldado que acababa de ser reprimido, me tomó del hombro y con fuerza y desprecio me trató de lanzar fuera del vehículo, pero era demasiado tarde, la criatura dio un salto directo hacia nosotros, y yo simplemente me dejé caer del borde donde me encontraba y rodé para minimizar el daño, al parecer, la criatura prefirió terminar con todos que terminar con uno solo, así que me ignoró por completo y al cabo de un minuto ya había terminado con todos, soldados y civiles, en ese vehículo, porque solo vi una nube de ropa flotando en el aire y el vehículo salirse del camino, quiero pensar, sin nadie que lo condujera.

Me había salvado.

Sin pensar en los moretones y demás daños que podría haber sufrido por dejarme caer de un vehículo en movimiento me salí del camino y busqué un lugar donde refugiarme de nuevo, sabía qué hacía la criatura y sabía que no podría haber forma que me salvara de ésta.

Encuentro una cabaña abandonada después de un tiempo, se encuentra en condiciones aceptables, pero es notorio que ha sido abandonada hace años, encuentro muebles rotos y heces de animales salvajes que debieron acabar con toda la comida que podría haberse encontrado ahí, también encuentro algo de agua, tal vez recogida de la lluvia, se ve turbia, pero en ese momento es lo que menos me importa, es poca, así que debo racionarla.

Tomo un jirón de tela que me encuentro y me siento en el suelo, me acerco el agua que encontré, mas no la bebo, al contrario, solo me mojo los labios y trato de dormir un poco.

Ciencia – III

Capitulo I

Capitulo II

Capitulo III
Autor: Israel Rodríguez

Me senté en el pequeño comedor de la casa de Sussan, necesitaba organizar mis ideas de una forma más coherente, aunque sabía, al mismo tiempo, que tenía prisa de irme, de cierta forma sentía que era más inseguro permanecer en movimiento que en un solo lugar, pero del mismo modo, no me sentía cómodo dentro de la casa de Sussan como para convertirla en mi refugio, no después de lo que le pasó.

Subí a una de las habitaciones, una que creo que era de huéspedes, porque se encontraba impecablemente ordenada, como si nadie durmiera ahí, en varias semanas, inclusive guardaba un ligero aroma de humedad, el cual no me molestaba en lo absoluto, me era notorio, pero no incómodo.

Primero me senté en la orilla de la cama, pero todas las cosas que estaban sucediendo en ese momento eran demasiado para mi cerebro, lo que me hizo, casi instintivamente recostarme hacia un lado, y pasados unos minutos de cavilaciones, me quedé dormido.

Por mi mente cruzaban imágenes azarosas de las cosas que había vivido hasta este momento, experiencias que nunca imaginé que podría presenciar, no en la vida real, mi visita se había convertido en el trama de una película de desastres, alguna clase de apocalipsis que todavía me parecía tan irreal que mi mente y mi razonamiento no daba cabida a que lo que me rodeaba fuera real.

De pronto unos ruidos extraños me hicieron despertar, me di cuenta que mi pequeña siesta había durado varias horas, porque la tarde empezaba a caer, aun no era de noche, pero algunos pocos alumbrados públicos ya habían comenzado a encenderse, mientras asomado a la ventana veía qué tan tarde se me había hecho y antes de recuperar por completo la noción de mi situación por recién haber despertado, un grupo de hombres vestidos de militares, que registraban la casa, y que provocaron los ruidos que me hicieron despertar, entraron a la habitación donde me encontraba de forma abrupta y me inmovilizaron, para que después entrara una persona de al parecer un grado militar superior, al cual le abrieron paso de una forma ceremoniosa.

Comenzó a cuestionarme por qué me encontraba ahí, y qué estaba haciendo, imagino que porque habían registrado la casa y no habían señales que viviera un varón y todas las referencias apuntaban a que vivía una mujer y una niña, porque con severidad y asertividad intuyó que era un extraño en esa casa.

No vi la necesidad de mentir y le hice saber que Sussan, la dueña del lugar me había concedido permiso de refugiarme aquí mientras encontraba un lugar mejor para ocultarme, una media verdad porque no le mencioné el accidente que había presenciado horas atrás.

No puedo saber si me creyó lo que le dije o dudó de mi palabra, porque sus duras facciones no se movieron ni un milímetro, pero a decir de las cicatrices y arrugas en su rostro, era fácil adivinar que en esa cara no se veían reflejadas emociones hace ya muchos años y difícilmente algún sentimiento se podría asomar ahí.

Otra persona uniformada se acercó por detrás al militar de las duras facciones y fue ahí cuando me enteré que su rango era general, le informó algo que no pude escuchar y solo dio la media vuelta y salió de esa habitación, acto seguido los militares que me tenían inmovilizado me pusieron de pié y me sacaron de la habitación; sabía que no había motivo para resistirme, por lo cual me incorporé antes de llegar a las escaleras para bajar a mi propio pié.

Al llegar abajo, a la cocina, el general dio una orden con la mirada y me llevaron a uno de los vehículos que se encontraban fuera, no muy lejos de la casa, al salir, vi que no era al único que mantenían retenido en las mismas condiciones, habían ya varias personas dentro de los vehículos, algunos, los que se habían comportado más violentos los habían esposado para que no causaran mayores disturbios, pero aquellos que no oponían resistencia, como yo, los dejaban sin ataduras dentro del vehículo.

Todos preguntaban a los soldados de qué se trataba, si era una evacuación a algún refugio o qué clase de operativo estaba siendo llevado a cabo, pero ninguno decía una palabra; uno en particular, se le veía muy nervioso, se veían gotas de sudor correr por el casco, pero aun con esa presión, no cedía y no contestaba las preguntas de los preocupados moradores del asentamiento.

Pasado un rato había ya caído la noche, y al parecer, habían terminado de registrar todas las viviendas, razón por la cual, los uniformados abordaron los vehículos y todo el convoy se fue retirando poco a poco de la zona donde se encontraba.

Lo que fue inquietante fue, que en lugar de seguir avanzando por el camino que se aleja de la ciudad, fuimos regresados hacia el centro de ella, donde era conocimiento de todos que el caos mayor se encontraba, al continuar avanzando los vehículos y al pasar las últimas salidas de retorno o de desviación a otros caminos distintos al centro los ánimos comenzaron a calentarse y todos los tripulantes civiles de los vehículos se comenzaban a mostrar más agresivos, exigiendo ser puestos a salvo de inmediato, una reacción lógica del miedo que también yo compartía, pero que preferí ocultar tanto como me fue posible.

Algunas personas, hombres y mujeres por igual, lloraban, suplicaban, lanzaban amenazas y groserías a los guardias armados que vigilaban el vehículo así como a cualquier otro vehículo que pasara a un lado y que perteneciera al convoy, de cualquier modo, no había ningún otro vehículo con quien comunicarse en esos momentos.

Cerca de donde yo me encontraba sentado, estaba vigilando el soldado que momentos atrás había visto nervioso y sudoroso, pero nunca rompió la compostura, aun a pesar de los gritos y amenazas que recibía de todos los que se encontraban a mi alrededor.

Al horizonte se veían largas columnas de humo que hacían notorio dónde el mayor conflicto existía, y dónde es donde no deberíamos de ir, sin embargo, era ahí a donde nos dirigíamos, era una situación de pánico para todos sin duda.

Los vehículos se detuvieron y el general de la cara dura y algunos oficiales tuvieron un diálogo cerca del vehículo donde yo me encontraba, pero no me fue posible escuchar ni una palabra de lo que hablaban, pero tan pronto terminaron, regresaron a sus vehículos todos excepto dos oficiales, uno de ellos fue a la parte trasera del vehículo de al lado, que también tenía muchos civiles como nosotros, el otro fue a nuestro vehículo y le dio algunas instrucciones a los soldados que guardaban la puerta del vehículo.

El soldado abrió la reja de la puerta y dio órdenes para que diez personas salieran y se cambiaran aun vehículo no tan grande pero cubierto que pertenecía al mismo convoy, pero que nos había estado siguiendo desde que salimos de la zona residencial.

Se escucharon unos minutos silenciosos después que entraron los civiles, después, gritos, el vehículo comenzó a moverse de forma agresiva, se escucharon un par de disparos y después, nada, silencio de nuevo, después vimos como el cuerpo sin vida de una persona era arrojado fuera del vehículo para después ser cerrado de nuevo.

Todas las personas se asustaron, aunque lo correcto debería ser decir que todos nos asustamos. Y volvimos a un estado de sumisión mientras los vehículos retomaban camino hacia donde el peligro nos aguardaba.

Ciencia – II

Capitulo I

Capitulo II
Autor: Israel Rodríguez

Bebo mi botella de agua, casi sin pensarlo y sin detenerme a respirar, al terminar necesito respirar profundamente, porque casi me asfixio, la botella era de litro y medio, y beberla de un solo y largo trago no es algo para tomarse a la ligera, pero necesito reponer líquidos, primeramente por el viaje, y de un modo secundario por la tenebrosa noticia que ronda en el ambiente.

Se acerca el gerente y hace un sonido de aclarar la garganta para llamar la atención de todos los huéspedes presentes, el cual solo unos pocos escuchan, por lo que debe repetir el sonido de una forma más intensa para llamar más la atención.

Algunos voltean, y algunos otros siguen absortos en el televisor, pero al final de cuentas todos advierten el mensaje que el representante del hotel va a decir y se acercan a escuchar.

Con una mirada algo aliviada, el gerente lanza una vista general a todas las personas que se encuentran presentes, algunos que habían bajado en paños menores habían tenido la oportunidad de ponerse una bata que los empleados del hotel les habían provisto.

Toma un gran suspiro, y comienza a darnos una explicación sobre la situación actual y cómo es que el hotel tomará previsión sobre sus huéspedes.

“Hemos tenido comunicación con el corporativo de la cadena hotelera, y después de una acalorada discusión y unas palabras de la oficina aseguradora, han logrado la muy favorable resolución de abandonar las instalaciones del hotel, todos ustedes son libres de hacer uso de las habitaciones aunque la recomendación es, sin lugar a dudas, buscar refugio tan pronto les sea posible en un lugar tan seguro como encuentren”

La mirada de todos los asistentes quedó atónita, algunos comenzaron a crear murmullos, y algunos inclusive hicieron notar un velo de enojo ante las palabras del representante del hotel. Aun así, el gerente continuó con su discurso.

“Nosotros, como institución tenemos la orden directa desde el corporativo de evacuar las instalaciones, de otro modo, el seguro no cubrirá el gasto por la destrucción que posiblemente pueda ser generada por esta contingencia, y para esto tenemos dos horas a partir de este momento, para el medio día, ni un solo empleado puede estar en las instalaciones”.

“Utilizaremos este tiempo para ayudar a aquellos que necesiten apoyo, siempre y cuando podamos facilitarlo, queda sobreentendido que no habrán vehículos de renta o taxis disponibles, pero cualquier otra comunicación que podamos ayudar solo tienen que pedirla en recepción”.

“Por lo pronto, y por sentido común, nuestra primera recomendación es que regresen a sus habitaciones por las cosas imprescindibles que deben tener cerca, tal vez dinero, tal vez identificaciones; cada quien sabe qué cosas son indispensables en momentos como este, y tan pronto vuelvan al lobby estaremos dispuestos a ayudarles en lo que sea posible”.

Eso a mi parecer fue una invitación al caos, porque terminado de decir esas palabras, el tumulto de gente se lanzó como bestias salvajes a los elevadores y escaleras, todos tratando de ir a sus habitaciones tan pronto les fuera posible para poder hacer uso del amable ofrecimiento del gerente en primer lugar y poder salir de ahí a un refugio seguro, aunque nadie sabía a ciencia cierta qué características debería tener un refugio seguro.

Tardó unos minutos el lobby en vaciarse de huéspedes, aunque yo solo los observaba, dado que mi equipaje completo permanecía conmigo en un lugar donde podía tener acceso a él fácilmente. Lo tomé y me dirigí a un lugar donde pudiera administrar algunas cosas que podría o no utilizar, cuando volteé a ver al gerente cómo reunía a todo su personal con mucha premura.

Volteaban todos a verme de reojo, era obvio que lo que estuvieran platicando no era algo que yo tuviera que enterarme, razón por la cual utilizaban el tono de voz más bajo que podían utilizar; fue entonces cuando me di cuenta que no era intención del personal ayudar a los huéspedes, al contrario, crearon ese discurso a modo de dar una sensación de confianza, falsa, si es necesario mencionarlo, y apresurarlos a estar fuera de la vista para poder huir lo más pronto posible.

Algunos de ellos me voltearon a ver con mirada lastimera mientras se retiraban al estacionamiento donde algunos de ellos tenían un automóvil para dirigirse a su casa y ver por ellos mismos o sus familias.

Al menos el gerente se tomó la decencia de esperar al último para retirarse, como capitán que ve su navío hundirse sin abandonarlo hasta no ver que toda su tripulación este a salvo.

Se acercó conmigo, yo ya tenía un par de prendas y documentos bien identificados y estaba listo para abandonar el resto de mi equipaje, me entregó una mochila con el logotipo del hotel y volteó hacia atrás para ver que ningún huésped se acercara.

El por obvias razones tenía un oído mejor entrenado para identificar cuando alguien bajaba las escaleras, o los movimientos de los elevadores; me tronó los dedos y solo atiné a lanzar las cosas que tenía separadas a la mochila y el gerente me tomó del brazo y me llevó corriendo cuando se escuchó desde dentro del edificio una voz que hacía saber a los demás que todo había sido un engaño y que estaban, o mejor dicho, estábamos todos huyendo.

No habríamos corrido ni unos cien metros cuando el ruido de una turba iracunda se escuchaba cercano, y algunos de los huéspedes corrían tratando de alcanzarnos, para hacernos daño de seguro.

Al llegar a la esquina, un automóvil con los logotipos del hotel se detuvo, era una minivan que abrió una puerta lateral automática, y sin pensarlo mucho me lancé de clavado hacia adentro del vehículo seguido por el gerente, y sin cerrar la puerta, el auto se puso en marcha dejando a los huéspedes iracundos atrás.

Algunos cientos de metros más adelante, la puerta del vehículo se cerró dando pie a las presentaciones formales. El gerente se presentó como un tal señor Ruè y la señorita que manejaba el automóvil tenía por nombre Sussan algo, estoy seguro que me dijo el nombre, pero no lo escuché claramente y no vi prudente interrumpir la plática de ambos por algo tan trivial.

Al parecer a la señorita no le causaba conflicto que el gerente se hubiera tomado la calma y la molestia de llevarme con ellos, el le hizo saber que lo hizo sin pensar, y porque sintió que era lo correcto, honestamente sus motivos me eran irrelevantes mientras yo estuviera a salvo.

Pasamos más de una hora manejando directamente al extremo opuesto de la ciudad, el lugar más lejano al aeropuerto, al que tanto el gerente como la señorita Sussan nombraban como zona cero.

El trafico era nulo, era extraño habían vehículos abandonados en la vía pública, pero no se podía ver una sola persona en ningún lugar cerca, así que avanzamos sin problemas, casi sin detenernos desde que salimos del hotel.

Llegamos a una pequeña casa en los suburbios, Sussan bajó apresuradamente mientras que el señor Ruè me explicaba que él es soltero, vive solo, y no tiene familiares cercanos por los cuales preocuparse. En cambio Sussan estaba divorciada y vivía con su pequeña hija Emmerald, él lo sabía porque ella siempre solicitaba el turno nocturno para que su hija durmiera mientras ella trabajaba y poder estar con ella el máximo tiempo posible.

Unos minutos después salió Sussan de su morada con una pequeña niña rubia como su madre pero con unos ojos verdes impresionantemente brillantes cargando un pequeño gato de peluche, Sussan traía en sus manos bolsas plásticas aparentemente llenas de víveres.

Cuando la pequeña Emmeral llegó vio al señor Ruè y lo abrazó y le dio un beso, ahí fue cuando supe que el nombre de Ruè es Edmund, Edmun Ruè, la niña parecía tenerle mucho afecto, no vi necesario puntualizar lo que era obvio, además yo estaba ya muy agradecido que me hubieran sacado de ese lugar que seguramente sería un caos en este momento.

Sussan llegó directo a la parte de atrás del auto a guardar las bolsas que llevaba en sus manos, y cuando volvió al asiento del conductor tenía dos paquetes de carne seca y una botella de agua que me entregó con una sonrisa.

No fue necesario decir una palabra, y no habría por qué molestarme, ellos habían sido más amables de lo que yo hubiera pedido jamás, tomé el regalo que me entregó y lo metí en mi mochila para acto seguido bajar del automóvil.

Sussan arrancó el auto y me dijo que la casa estaba abierta, y podía sentirme libre de tomar lo que yo quisiera, solo supe sonreír y ellos se alejaron por el camino que los alejaba de la ciudad.

De pronto se escuchó el ruido de las hélices de un helicóptero que poco a poco se escuchaban más cercanas, volteé al cielo y lo que vi fue un helicóptero fuera de control que se desplomó justo delante del automóvil donde iban Edmund, Sussan y Emmerald, tan cerca que Sussan no pudo frenar y fue a chocar directamente con el helicóptero, creando una explosión y una nube de humo muy grande.

Miles de pensamientos cruzaron por mi mente, y de un modo automático, casi sin pensar, entré a la casa de Sussan, para trazar un plan, ahora estaba realmente solo.